Valencia Vives

¿Como haría esto?

¿Cómo, pues, haría yo este grande mal, y pecaría contra Dios? (Gén. 39: 9).

Resulta siempre un período crítico en la vida de un hombre joven el separarse de las influencias y sabios consejos del hogar y pasar por nuevos escenarios y pruebas angustiosas. Pero si no se coloca por voluntad propia en esas situaciones de peligro, alejándose así del dominio de los padres; si por causas ajenas a sí mismo es colocado en situaciones angustiosas y se aferra a Dios buscando la fuerza para soportarlas -atesorando el amor de Dios en su corazón- será guardado de sucumbir a la tentación por el poder de Dios que lo puso en esa situación de prueba. Dios lo protegerá de ser corrompido por la fuerte tentación. Dios estuvo con José en su nuevo hogar. Este anduvo por la senda del deber, sufriendo el mal pero sin hacer el mal. Al poner en práctica sus principios religiosos en todo lo que hacía, el amor y la protección de Dios lo acompañaron (Carta 3, 1879, pág. 7).

La fe e integridad de José habían de acrisolarse mediante pruebas de fuego. La esposa de su amo trató de seducir al joven a que violara la ley de Dios. Hasta entonces había permanecido sin mancharse con la maldad que abundaba en aquella tierra pagana; pero ¿cómo enfrentaría esta tentación, tan repentina, tan fuerte, tan seductora? José sabía muy bien cuál sería el resultado de su resistencia. Por un lado había encubrimiento, favor y premios; por el otro, desgracia, prisión, y posiblemente la muerte. Toda su vida futura dependía de la decisión de ese momento. ¿Triunfarían los buenos principios? ¿Se mantendría fiel a Dios? Los ángeles presenciaban la escena con indecible ansiedad.

La contestación de José revela el poder de los principios religiosos. No quiso traicionar la confianza de su amo terrenal, y cualesquiera que fueran las consecuencias, sería fiel a su Amo celestial. Bajo el ojo escudriñador de Dios y de los santos ángeles, muchos se toman libertades de las que no se harían culpables en presencia de sus semejantes. Pero José pensó primeramente en Dios. “¿Cómo, pues, haría yo este gran mal, y pecaría contra Dios?” dijo él.

Si abrigáramos habitualmente la idea de que Dios ve y oye todo lo que hacemos y decimos, y que conserva un fiel registro de nuestras palabras y acciones, a las que deberemos hacer frente en el día final, temeríamos pecar (Patriarcas y Profetas, págs. 216, 217).

E. G. W.